Sueños de soledad

06/12/2025
Don Ignacio

Nota del consejo editorial: publicamos por fin el cuento inédito de nuestro querido camarada Miguel Barrios Gutiérrez, ejemplo de una vida dedicada a la lucha popular y a la construcción del partido revolucionario.

Por Miguel Barrios.

 

− ¡Chalito, dame otra cerveza!

− ¡Aquí tiene, caballero!

Me acuerdo de Josefa, qué caprichosa era. Nunca la pude entender. Qué raro. ¿Por qué sería tan caprichosa? ¡Qué berrinches de mujer!  ¡Cuántos años la soporté! Siempre hacía lo que le daba la gana. Como al propio. Como que se satisfacía de verme enojado. ¡No! ¡Eso no lo podía yo soportar! ¡No lo puedo soportar aún hoy día! ¡Definitivamente ella tuvo la culpa de todo! ¡Sí, ella fue la única culpable! ¡Lástima! ¡Con cuántas ilusiones nos casamos!

− ¡Chalo, tráigame otra por favor!

Me acuerdo de que estábamos muy jóvenes los dos. Tal vez esa fue la razón de nuestro fracaso.

Ella tenía 16 años, y a mí me faltaban pocos meses para ajustar los veinte. Como cinco meses, creo. Qué edad más linda… ¡y pensar que no volverá! Ahora ya me estoy poniendo demasiado viejo. Tengo setenta y dos, pero ella también está viejita, ya tiene sesenta y ocho años.

Nos envejecimos los dos, siempre aferrados a nuestras ideas, sin hacernos nunca ninguna concesión. Nos separamos hace ya veintidós años. Me acuerdo de que en esos días ajustaba yo los cincuenta años. Recuerdo muy bien lo que nos dijimos cuando nos despedimos. Me parece como que si fuera hoy. Yo le dije:

−Mirá Josefa, si no te gusta me voy.

Y ella me contestó:

−Pues si se quiere ir, váyase.

Y me fui.

Hace ya veintidós años de eso. ¡Cómo pasa el tiempo! Nunca me volví a casar. He pasado tantos trabajos; tantos silencios; tantas SOLEDADES.

Nunca encontré a nadie más. He andado todos estos años sólo con mujeres de “a ratos”. Esas que no te llenan el alma. Al contrario, lo dejan a uno sumido en una desmoralización más profunda y desgarradora.

¡Josefa!… ¡mi Josefa!… Si estuviéramos juntos, el par de viejitos solos, aunque fuera solo para estar sentaditos los dos, el uno frente al otro, mirándonos en silencio, recordando paso a paso nuestra vida juntos. Recordando nuestros momentos más felices, empezando por nuestra noche de bodas, o más antes, cuando nos conocimos, aquel domingo a la salida de la iglesia.

Eran las diez de la mañana. Al frente estaba el pequeño parquecito. Que, por cierto, ¡ya no está!. Hace poco me fui a pasear por ahí, para hacer recuerdos, y ya desapareció. Todo eso lo han ido cambiando mucho, para dar paso a nuevas construcciones. El mundo cambia constantemente, para bien o para mal.

Qué tristeza me dio no encontrar el parquecito. El más fiel y mudo testigo de mis mejores épocas.

Dentro del parquecito estaba el kiosco, también pequeñito, y todos los domingos después de la misa, llegaba la Filarmónica, como se le decía antes, y no cimarrona, como se le dice ahora, con burla y desprecio por nuestras costumbres autóctonas.

El parquecito se llenaba de gente joven y bulliciosa.  Muchachos y muchachas, todos revueltos, invadían el parque inmediatamente después de la misa. Era como el “premio”, por haberse estado durante una hora, escuchando al Padre decir: Dominus vobiscun, Et cum spiritu tuo, Oremus.

Luego se desata la avalancha de jóvenes y jovencitas, que comenzaban a girar alrededor del kiosco. Unos para allá y otros para acá. Grupitos de dos o tres o cuatro jovencitas, se topaban constantemente con pequeños grupos de varones, y se bañaban unos a otros con confeti, a manera de piropo, todo el ambiente inundado por aquél estruendoso ¡farafafachín! ¡fafachín! ¡fafachán!, de aquellos enormes instrumentos.

Entre muchas jovencitas que andaban por ahí, había tres chiquillas, muy lindas las tres, pero sobre todo una, que caminaban, más bien corrían alrededor del kiosco, alegres, risueñas y bullangueras. Nos topamos de frente y nuestras miradas se buscaron. ¡¿Cómo olvidar aquel instante de nuestras vidas?!

A partir de ese momento, todo fue felicidad.

Tuvimos catorce hijos, entre varones y mujercitas. Quince más bien. Fue que una se nos murió. Esa tendría ahora, … ¿Como cuántos años tendría? ¡Sí! Hace tamaño rato de eso ¡Ya hasta me hubiera dado nietos!

Se la llevó la fregada viruela… en esos tiempos… ¡No era como ahora, que hay hospitales por todo lado!

Bueno, por lo menos me quedan catorce. “Me quedan” digo yo. Le quedan a ella, porque los hijos son de la mujer. Uno sirve nada más que para ayudar a criarlos. Si ella es la que se va de la casa, se lleva los hijos y lo dejan solo a uno. Si uno es el que se va de la casa, se va solo ¿Y ella qué? Ella se queda en la casa, ¡muerta de risa!

− ¡Chalito, tráigame otra!

¡Ya ha pasado mucho tiempo! … Ahora todos los hijos están casados, pero no la dejan carecer de nada. En cambio, yo, aquí donde usted me ve, en estos SUEÑOS DE SOLEDAD, no valgo una peseta. Mientras que a ella las muchachas, principalmente, la visitan casi todas las semanas y le inundan la casa de nietos. Por eso a ella no se le da nada. Si yo estuviera también en la casa, podría disfrutar de las ocurrencias y travesuras de los nietos, los domingos me los llevaría para el Matinée o para el Zoológico, y les contaría muchos cuentos que yo me sé.

− ¡Chalito, otra por favor!

Tal vez yo estoy en esta situación porque quiero, porque yo podría volver a la casa, pero que va, ¡es difícil! ¡Es capaz que no me deja entrar! Yo sé lo que es de caprichosa. ¡Es capaz que hasta me amenaza con la policía! Yo me pongo a pensar: ¿para qué tanta guerra? Ya estamos viejitos los dos. ¿Qué nos cuesta? Tal vez si los hijos la convencieran… Yo los podría buscar, para pedirles que me ayuden a convencerla. Tal vez Alvarillo, el menor de los hombres. Ese ha sido siempre el más condescendiente. Pero no. No les voy a dar el brazo a torcer. Los hijos varones, siempre han estado a favor de la mamá.

Tengo que admitirlo, el que está solo soy yo y no ella. Pero me siento muy hombre y me sé amarrar los pantalones ¡Les voy a demostrar que, si he sido capaz de aguantarme fuera de la casa durante veintidós años, puedo ser capaz de aguantarme muchísimos años más! Quizás toda la vida. ¿Pero cuál vida? ¿Cuánto falta? Si ya la vida se fue…

Ahora el 9 de setiembre es nuestro cumpleaños de casados. Ya casi… ¿Qué falta para el 9 de setiembre? Como quince días. ¡Nada menos que 51 años de casados! ¡Parece mentira! Cincuenta y uno … ¡no!; ¡cincuenta y dos ya! Cincuenta y uno fue el año pasado.

¿Qué pasaría? No es que lo vaya a hacer, pero, ¿qué pasaría si yo llegara ahora para el nueve y toco la puerta? ¿Por qué no?  ¡Es mi casa también! Yo también tengo derecho de vivir ahí. La escritura todavía está a nombre mío.

Vamos a ver… Yo entro al corredor; toco la puerta; sale un chiquito; me mira asustado y se devuelve corriendo:

 

Abuelita, ahí busca un señor… Ella sale a la puerta y se queda viéndome muy extrañada y me dice en tono brusco:

− ¿Qué se le ofrece a usted ahora?

¡Porque yo sé que es eso lo que me va a decir! Yo la conozco. Sé muy bien lo que es ella de berrinchosa.

Entonces yo, poniendo cara muy seria le digo:

− Nada más vine a traerte este humilde ramito de flores, en nuestro cumpleaños.

− ¿Cuál cumpleaños? − me contesta ella muy confundida.

− El nuestro Josefa, tuyo y mío. Nuestro inolvidable 9 de setiembre. ¿No te acordás? Estamos celebrando ni más ni menos que cincuenta y dos años de casados.

La miré y su semblante había cambiado notablemente. Ya no tenía aquel aspecto agresivo del principio. Ahora su mirada era una mezcla de confusión y enternecimiento. Una pequeñísima lágrima comienza a salir de uno de sus ojos. Ella inmediatamente la borra con la yema de su dedo central.

Después de mirarme a los ojos durante unos pocos segundos me dice:

− ¿No debió de haberse molestado!

−¡No ha sido ninguna molestia, todo lo contrario!

Luego me dice:

−¿Y cómo le ha estado yendo a usted?

−Pues en términos generales bien. Tengo mucho que contarle. Lo que más me ha estado afectando, en estos últimos tiempos, es esta fregada artritis, que no me deja en paz.

−¿Y no le han puesto cataplasmas de ruda con juanilama? Eso dicen que es muy bueno para la artritis.

−¿Y quién mujer? Ya sabés que vivo solo, y además yo no sirvo para andar buscando yerbas.

−Diay, pero pase adelante, para que se tome un poquito de café. ¿Ya almorzó? Ya es tardillo, son casi las doce.

−Bueno, con permiso.

−Eduardito, ese es tu abuelito. ¡Salúdelo!

El niño responde tímidamente: −¡Hola!

−¿Y éste de quién es, Josefa?

−Éste es el mayor de Filomena. Es que me lo dejó para que se lo cuidara, porque ella va hoy para el hospital con el más chiquito, que está un poco acalenturadillo. Ese está de brazos. Apenas anda en los seis meses.

−¿Cómo es eso? ¿Tiene seis meses y ya anda?

¡Nooo hombre! ¡Vos con tus bromas! Si lo vieras. Todo el mundo dice que es la misma cara del abuelo.

¿Cuál abuelo?

−¡Pues vos muchacho!

−Gracias por lo de “muchacho”. ¿Como a qué hora crees que va a venir Filomena de hospital?

−¡Creo que por ahí de las cinco!

−¡Qué tarde! ¡Creo que no la voy a poder ver!

− ¿Y por qué no se queda y se va mañana? Para que la vea y conozca al nieto. Estoy segura de que te vas a encariñar con él. Es tan lindo…

−¿Es muy lindo?

−¡Lindísimo!

−¿Y dices que es la misma cara del abuelo?

−¡Estate, que te conozco! ¡Ya sé por dónde vas! Eres el mismo de siempre.

−Diay mujer, acordate que “genio y figura”…

−Sí, ya sé, “hasta la sepultura”.

Y mientras doña Josefa le sirve de almorzar, don Nacho intenta entrar en materia:

−Mirá Josefa: Hace tanto tiempo que no conversábamos… así, tan amablemente… Como debería de ser siempre… ¿No te parece?

 

Ella no contesta, pero respira profundo, y exhala todo el aire, mientras él continúa con su plan de ataque:

−Josefa, no es buen ejemplo para los nietos, las desavenencias entre los mayores. Ya estamos muy viejos…

−¡Sobre todo vos, Nacho!

−Pues no creas. ¡Acordate que la diferencia de edades entre vos y yo son solo cuatro años! Eso quiere decir que, para que vos ajustes noventa y seis años, lo único que se necesita es que yo ajuste los cien.

−Pues a juzgar por la apariencia que traes, pareciera que no te falta mucho para cumplirlos.

−Pues no creas, todavía me siento guayacán.

−Pues, ¿quién sabe? ¡Acordate que hace apenas una hora, me dijiste que estabas “baldado de la artritis”!

−Pues sí, es cierto. Uno se va volviendo viejo y achacoso casi sin darse cuenta.

−Cada rato me sorprendes más, Nacho.

−¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué hice ahora?

−No sé. Es que te noto, como más cambiado. Eres como más sensible; más razonable. Yo me acuerdo que en otros tiempos discutías por todo. Todo te molestaba. En cambio, ahora; al menos; ¡eso de traerme un ramo de flores! Que es porque nuestro cumpleaños.  ¿Cuándo vos? ¡Nunca jamás se te ocurrió! Vos no sos ese tipo de hombre, Nacho ¡Te conozco bien! Vos no tenés esa fineza de pensar en detalles tan sutiles… Esas pequeñas cosas que se necesitan cada día, para mantener viva la llama del amor y no dejar que se apague el fuego de las ilusiones.

−Qué lindo hablas, Josefa. Con metáforas y todo. Vos sos media poetiza, y eso que…

−¡Callate, no me interrumpás! ¡Acordate bien! Vos para lo único que vivías era para tus cervezas. Para tus malditas cervezas. ¡Acordate que, del trabajo te ibas para la cantina, con aquel amigote que te tenías; el tal Rosendo Anchía! Recuerdo que siempre andaban los dos en una…

−Dicen que ya murió Rosen…

 

−¡Que te calles; no me interrumpás, ni trates de cambiarme de tema, que estoy hablando! … − y la cara de Josefa se iba poniendo color del achiote criollo −Le estaba diciendo −continuó la vieja subiendo cada vez más el tono− que siempre andaban los dos en una pura risita, en una pura secreteadera. ¿Quién sabe ni qué sinvergüenzadas vivían contándose? ¡Mientras tanto, yo aquí, ocupada con todo el ajetreo de la casa!, ¡y vos en la cantina tomando cervezas con tus amigotes! Vos ni siquiera me ayudabas con los embarazos. Yo siempre tenía que salir de los apuros a como Dios me ayudara, porque vos ni pensarlo. Como que si yo fuera mujer sola.

Josefa seguía hablando como en un trance, como si la furia de los años pasados hubiera vuelto de repente y la hubiera poseído como si fuera el mismísimo pisuicas.

−Recuerdo cuando me nació Filomena. Sabiendo vos que yo estaba a punto de reventar. Porque yo te lo dije: −¡Mirá Nacho!, no salgás hoy, porque estoy sintiendo contracciones cada vez más seguido. − Adió, qué va; fue como decirle a ese banco que está ahí. Así agarraste la calle y chupulún, a la cantina. Y recuerdo que como a las ocho de la noche, yo veí que ya había llegado la hora, y entonces yo le dije a Fernandito, el mayor:

−Por cierto, cómo está esa gente? Yo creo…

−¡Callate!, ¡que terriblemente necio que sos! ¡Estoy hablando! – todavía como en un ensueño continúo hablando mi vieja: −Le dije a Fernandito: “Corré para la cantina. Decile a tu tata que se venga, ¡PERO YA!; que es urgente. ¡Adió! Cuando va llegando Fernandito me cuenta que le dijiste: “Dejá de estarme viniendo a molestar. Decile a tu mama que ya voy”.

Y las lágrimas salían ahora a borbotones de la ojos negros de mi pobre Josefa:

−Y “ya voy” fue que como a la una de la mañana viniste apareciendo, TOTALMENTE BORRACHO. Vale que cuando llegaste, ya todo el peligro había pasado. Ya yo tenía mi chiquita, con la ayuda de aquella buena vecina que me la atendió, y me le amarró el ombliguito, y que en gloria esté, porque ya murió también. Si no, quién sabe a estas horas, ni siquiera tuviera hoy yo a mi Filomena, que es la mamá de éste güila.

Intentando cambiar de tema, la volví a interrumpir:

−No debe tardar Filomena, ¿verdad?

−No si qué va, Nacho. Deberas que  sólo de acordarme de las chanchadas que me has hecho… Y como si fuera poco, entraste todo borracho, derechito a tu cuarto.

Y a pesar de que Filomena estaba llore que llore, no tuviste la gentileza de llegar a hacerle algún cariñito, ni de decirme a mi alguna cosa, una palabra de aliento. Qué se yo, una mujer siempre espera algo, por ejemplo: “¿Cómo te sentís?”, o “Felicidades”, o algo así. Mucho menos llegar y tomarle la mano a una, y darle un tierno beso en la mejilla, o la frente … y decirle muy bajito en el oído: ¡Te amo! Eso sólo en las películas se ve. O quién sabe. De todo hay en la vida. Yo no creo que todos los hombres sean tan desconsiderados como vos. Dichosas las mujeres, que tienen la suerte de encontrarse un hombre que las sepa valorar. En fin, eso es cosa de suerte. Yo, como sólo un hombre tuve, no puedo saber nada de eso. Solo un novio tuve, y con él me casé, que fuiste vos Nacho, y por sécula seculorum, como dice el padre. Yo con solo dieciséis años, era una chiquita todavía, con el alma cargada de ilusiones. Pensaba estudiar, sacar el bachillerato. En fin, en lo que menos pensaba era en casarme. Ni siquiera tenía idea, de qué era de lo que tanto hablaban los novios durante horas, sentados en la banca del corredor, hasta que te conocí, aquel domingo en la Retreta.

−Mirá Josefa, mi amor, ni un solo día en estos veintidós años, que tengo de vivir solo, me he olvidado de ese domingo. Te lo juro…

−No te creo, Nacho. Recuerdo que no duramos mucho de novios; ligerito nos casamos. Tenías mucha prisa, y también decías que me amabas.

−Te sigo amando, Josefa.

−Pero yo sigo sin creerte, Nacho. Hoy llegaste oloroso a cervezas, como siempre. Si de verdad me quisieras, ¡ya hubieras dejado ese maldito vicio!, desde hace mucho.

−¿Y qué tal que te prometiera, que voy a dejar de tomar?

−Pues no te lo podría creer. Ya lo dijiste vos mismo hace un rato: Genio y figura, hasta la sepultura.

−Lo de la sepultura lo dijiste vos Josefa; acordate bien.

Nacho, vos sabés muy bien de lo que te estoy hablando. ¡Sos un borracho inclaudicable!

−¡Opa!, ¡qué palabrillas las que usás!; ¡y eso que no sacaste el bachillerato!

−No estoy para bromas ahora. ¡No tengo ninguna gana de reírme! Si no te hubiera doblegado ese maldito vicio, a éstas horas vos y yo tendríamos cincuenta y dos años de feliz vida matrimonial, como dicen en la radio. Porque nunca nos hubiéramos separado.

−Pero Josefa, escúchame bien. No todo está perdido. Todavía hay solución. Aún quedan esperanzas. Yo podría dejar de…

−No Nacho, te voy a decir una cosa: A pesar de todo, todavía siento quererlo. Fueron muchos años de vivir juntos. Nada menos que treinta años. Pero mientras te tomes un sola cerveza, no puede haber esperanza.

−Pero Josefa, escúchame por favor; si yo en este momento te hago la promesa, ante lo más sagrado, de no volver a tomar, ¿me aceptarías de nuevo?

−Pues…

 

Tocan a la puerta.

−Eduardito, vaya a ver quién es. – le ordeno doña Josefa al niño.

−Hola mi amor. ¿Cómo te has portado? ¿No has hecho ninguna travesura?

−No mami. −respondió el chiquillo con cara inocente.

−Ah, es Filomena. ¡Hola mi hijita, ya te estabas tardando!

−¡Hola Mita! ¡Hola Papi! Diay, ¿qué es esa sorpresa?

−¿Cómo le fue Filomena, en el hospital?

−Bien Mita; nada más que tuve que hacer una gran fila que usted viera. – y volviéndose hacia el viejo − Pero Papi, ¿usted aquí? ¡Qué alegría! ¿Se viene a quedar, verdad? ¡Viera como le hemos pedido a Dios para que usted…!

De pronto se escuchan fuertes tosidos de doña Josefa.

−¿Qué decías Filomena? ¿Que tu mamá y vos le han pedido a Dios qué?

−No, nada. Digo yo que qué dicha que volviste a casa. Siempre he soñado con este momento. Es lo mejor para todos. ¿Te viniste de viaje, verdad?

−No mi hijita, nada más vine a pasear.

−¿Pero por qué no se queda? Por lo menos quédese y se va mañana.

−Eso le dije yo. −Intervino doña Josefa− Que se quedara y se fuera mañana, pero no quiere hacer caso.

 

−No es eso, se los agradezco a las dos, pero por hoy me tengo que ir. Pero ya que me insisten tanto, voy a hacer una cosa: Me voy a venir el próximo domingo, desde la pura mañanita, y me quedo aquí con ustedes, todo el día.

−Qué dicha Papito. Ojalá que así sea. El domingo en la mañana lo estaremos esperando. Y les voy a avisar a mis hermanos, para que se vengan todos para acá junto con sus hijos. Va a ser una verdadera fiesta de recibimiento. Vamos a recibir nada menos que a nuestro padre en su propia casa; en su verdadera y única casa. La familia entera, por fin reunida. Yo sabía que éste momento, tendría que llegar algún día.

−Gracias mi hijita, por todas esas palabras. Y perdóname por todos los problemas que les causé en el pasado. ¡No volverá a suceder!

−No hablemos del pasado, Papito, y vivamos el presente, que es lo que importa.

Don Nacho se despide de su hija con un fuerte abrazo. Le toma una mano a doña Josefa, y luego la besa muy tiernamente en la mejilla, y le dice quedito, muy quedito al oído:

−¡Te amo!

Doña Josefa trata de sonreír, pero no puede. Se le han venido las lágrimas.

Don Ignacio sale a la calle, y les dice adiós con la mano. Ellas le contestan en la misma forma.

Él les dice:

−Ah, y les tengo una buena noticia: ¡Ya yo no tomo!

Doña Josefa intentó contestarle algo, pero tampoco pudo, las palabras se le anudaron en la garganta.

−Se nota que lo sigues queriendo. ¿Verdad Mita?

−Tengo que quererlo, muchacha. ¡Es tu tata!

 

Chalo, el dueño del bar, le pide al camarero:

− Vaya ciérreme la puerta, para que no se nos meta más gente. ¡Ya son más de las once!

−¿Y cómo hacemos con don Ignacio, patrón?

−¿Cuál don Ignacio?

−Aquel viejito que toma mucho. Desde medio día llegó y pidió una cerveza. Al ratito pidió otra, y después otra y otras más. Luego vi como que estaba hablando solo. Después puso la frente sobre la mesa, ¡ahí está dormido desde hace rato!

−¡Diay, vaya despiértelo! Dígale que tenemos que cerrar. Acordate que el policía que tenemos ahora, como es nuevo, está deseando ver a quién le mete una multa, para que el comandante crea que él es muy eficiente.

El muchacho se acercó a la mesa en donde estaba durmiendo el viejo y lo sacudió por el hombro.

−Don Ignacio… don Nacho… ¡Despiértese!… ¡Qué se despierte!

−¿Qué? … Ah sí.

El viejo regresó poco a poco y pesadamente de aquel su sueño de soledad.

−Don Nacho, que dice el patrón que se vaya ya para la casa porque tenemos que cerrar. Ya son pasadas las once.

Mientras el anciano iba saliendo del bar volvió a ver al dueño y le dijo:

−¿Sabes una cosa, Chalito?

−¡Dígame!

−¡Creo que ahora sí es cierto que voy a dejar de tomar!